Caminó lentamente por entre las rocas hasta llegar a una elevación del terreno desde la que pudo ver claramente el valle con sus cabañas. Se sentó sobre una piedra y  pensó que debía intentarlo nuevamente; no importaban los cien fracasos anteriores; no podía aceptar que la alegría fuese solo una utopía.

Comenzó a entrar al pueblo con sus gastadas botas, hurgando en el bolsillo de su chaleco en busca de un cigarrillo. Con un andar parsimonioso se dirigió directamente al hotel. Al entrar, los lugareños sentados en el bar lo acompañaron con sus miradas desde que traspasó la puerta hasta que se detuvo frente al viejo mostrador.

Don Camilo bajó el volumen de la radio, y sin dejar de repasar la mesada con un gastado trapo rejilla, lo miró sin decir palabra. Recién cuando escuchó: “Buenas, necesito una pieza”, el hotelero sonrió levemente, y haciendo una sutil seña a su mujer, sacó de abajo del mostrador un viejo registro de visitas, que sólo tenía escrita su primera hoja. Mientras el viajero completaba sus datos, el hotelero le preguntó qué andaba buscando, a lo que respondió: “Varias cosas, señor, varias cosas... Paz, amor, libertad, verdad... y tal vez un lugar en el que no exista la hipocresía”. La mujer de Don Camilo, luego de escuchar esta conversación, lo llevó por el oscuro y húmedo pasillo diciéndole que le daría la mejor habitación. Después de entrar, ella no se retiró, sino que se quedó contemplándolo sin decir nada. Sólo a contemplándolo, de un modo fijo, extraño.  El puso su mochila sobre la cama y  sacó sus pocas pertenencias: colocó un cuaderno de apuntes sobre la mesa de luz, colgó un sicus en el respaldar de la cama y dejó sobre la almohada una caja de madera tallada. Miró a la mujer a los ojos y notó que lagrimeaba. Ella pretendió disimular y tras pedir disculpas se retiró rápidamente, casi corriendo.  Minutos más tarde, él desandó el largo pasillo que separaba la habitación del bar y al pasar frente al mostrador Don Camilo lo indujo a comer el plato del día...

-¡Matambre al horno! -exclamó.

El sol del mediodía golpeaba ferozmente contra los ventanales, como buscando terminar de una ves y para siempre con los pálidos colores de la mantelería. El viajero eligió sentarse en una mesa próxima a una columna situada en el interior del salón. La mujer acudió rápidamente a su mesa, apretando contra su pecho la carta que ella misma había preparado: el viejo, redundante menú, que reiteraba una y otra vez...

- Su marido me recomendó el plato del día – dijo él.

- ¿Cuál señor? – preguntó en voz baja y con llamativa dulzura.

- Matambre al horno.

- Señor, si Usted me permite, yo le sugiero arroz con pollo, -y casi en un susurro-, lo preparé esta mañana.

Devolviéndole la carta sin leerla, sonrió, y mientras levantaba la vista para encontrarse con los enormes ojos color miel de ella, alcanzó a  ver el rostro de Don Camilo, quien no podía disimular su fastidio por no poder escuchar lo que hablaban.

También notó que cuando ella entró en la cocina él la siguió, procurando cerrar la cortina de tela que impedía la vista desde el salón. La radio no dejaba oír sus voces, pero luego de unos minutos Don Camilo salió rumbo al patio, como buscando un solitario lugar donde expresar su malestar.

Al terminar de comer pidió un café. Fue la sobremesa más larga de su vida: nadie lo esperaba. Los parroquianos se fueron yendo lentamente, de a uno por vez, dejándolo solo y como marcándole el camino. Don Camilo pasó hacia las habitaciones en busca de su infaltable siesta.  Y ella, recorriendo las mesas, se le acercó y le dijo:

- Inevitablemente escuché la conversación que tuvo con mi marido. ¿Usted cree verdaderamente que en este pueblo encontrará algo de lo que busca?.

-  Le confieso que no sé si eso existe, sólo lo busco. De existir, puede estar oculto en cualquier lado.

- Yo nací en este lugar, y le confieso que comparto sus sueños, aún tengo la esperanza. No sé dónde pueden estar, pero le aseguro que acá no, los mataron hace años.

- Gracias por darme aliento.

- No, no me malinterprete. Es que he vivido, soñado y sufrido mucho acá.

- Bueno, tampoco se desanime tanto. Usted tiene un marido, un hogar, no puede quejarse.

 - ¡Marido!...,  ¡hogar!... En este pueblo, señor, son todos vendedores de imágenes, hipócritas, y en eso también me estoy convirtiendo yo. Sí, en eso, en una persona que se levanta por la mañana y antes de lavarse los dientes se pone una máscara para no verse cara a cara en el espejo.

- Señora, cada una de estas personas tiene sueños e ilusiones.

- Eso es lo que mi Abuelo pensaba de Pueblo Corral. Perdone, no sé por qué le cuento estas cosas.

- No todo debe tener una explicación. Por favor siéntese y cuénteme sobre Pueblo Corral.

 Ella miró a través del amplio ventanal, asegurándose de que nadie entrara, y aceptó la invitación.

- Ya que trae su cámara de fotos, no se vaya sin fotografiar Pueblo Corral. ¡Bah!, lo que queda de él. Es rumbo al sur, detrás de la gran montaña. No es fácil llegar, pero dicen que fue hermoso.

- ¿Que pasó?.

- Yo no habia nacido, pero dicen que un derrumbe de nieve lo destruyó todo. Hace más de sesenta años mi abuelo lo fundó, con la bendita ilusión de convivir con “personas especiales”, como las llamaba él. Contaba mi padre que Abuelo estaba un poco loco, y por eso que tenía esos sueños...

- Y dinero.

- No, no tanto como para construir una aldea. La hizo con trabajo. El y mi abuela subieron cada tronco de las cabañas; sembraron cada árbol que allí creció y aún perdura. En tanto acá, al pie de la montaña, se iban arrimando forasteros a la espera de ser contratados para construir lo que se decía sería una Ciudad que daría trabajo a muchas personas.  Pero cuando comprobaron que mi Abuelo hacía todo solo y sin contratar a nadie, abajo ya residían más de diez familias, que no hicieron otra cosa que odiar y ridiculizar a mi Abuelo, que no se cansaba de repetir: “Nosotros no seremos como ellos”... Venga acompáñeme, y le mostraré algo que encontré.

Caminaron rumbo a  la gran montaña, hasta que ella se detuvo. Miró hacia ambos lados  como queriendo ubicarse.

- Es por allá, -exclamó.

Al llegar, entre ambos levantaron unos troncos debajo de los cuales se pudo ver una gran tabla  de madera envejecida, en la cual, tallada a mano, se podía leer “Bienvenido a Pueblo Corral, donde la Fe  hace los sueños realidad”.

- Abuelo decía que mientras alguien conserve una  semilla el bosque es posible.

- Qué pena que la avalancha lo haya destruido.

-Abuelo nació acá, no podría habérsele pasado por alto eso. Creo que alguien detonó un explosivo en la ladera. Ayúdeme a cubrir esto nuevamente y volvamos al hotel. Si mi marido se despertó estará buscándome desesperadamente. Pero por favor, Usted entre por detrás.

El sol se escondía rápidamente detrás de las montañas y el viajero encendía su cigarrillo pensando en Churita, nombre con que había bautizado a su nueva amiga, y que en lengua ancestral significaba mujer bonita y elegante. Desde el patio se podían ver en el comedor los preparativos para la cena. Por la noche sólo se encontraban una pareja de turistas, una mujer de unos 65 años y pelo canoso, un comisionista y el viajero. El comisionista hablaba como si todos estuviesen interesados en sus superficiales monólogos, la mujer de pelo blanco estaba tan ausente que parecía ignorar todo, como si el mundo fuese sólo sus recuerdos, el matrimonio turista no dejaba de mirar un arrugado mapa de rutas. El viajero se sentó a la misma mesa del mediodía. Se repitió el ritual de la comida, y así también se fue vaciando el salón, hasta que quedó solo nuevamente.

Cuando Don Camilo decidió finalmente irse a dormir, dejándole sobre la mesa la botella de coñac, le pidió que apagase la lámpara de la punta del mostrador. Asintió con un gesto, levantando la copa, la tercera de su sobremesa. Venía una y otra vez a su memoria el rostro de Churita. Su marido había mandado a dormir hacía más de una hora.

Al ir a su cuarto ya eran las dos. Aflojó el nudo de su pañuelo de cuello. Ya en la habitación no encendió la luz porque no dio con el interruptor, e intentó llegar a oscuras a la cama. El velador se encendió y vio a Churita, sentada en borde del lecho.

- Tenemos que hablar, - musitó-, Usted es el único que puede entenderme.

- ¿Y por qué yo?

- Porque Usted vino en  busca de la semilla.

- Tal vez, Churita, tal vez.

- ¿Churita? - preguntó ella-. ¿quién es Churita?

-  Vos, vos sos Churita. Significa mujer bonita.

- Gracias, es Usted muy amable. No recuerdo la última vez que alguien tuvo una gentileza conmigo. 

- Mis abuelos me enseñaron que las personas inspiran el nombre. Por eso primero las conocemos y luego les ponemos un nombre. Yo no fui gentil con vos, lo fue la vida, yo sólo supe ver.

- ¿De qué mundo viene Usted señor?.

- Solo del camino. Creo que aún no llegué a mi mundo.

- La verdad, creo que yo tampoco...

- ¡No! vos vivís en tu mundo. Todo lo que me contaste es tu mundo, es tu raíz, tu ilusión, tu recuerdo, tu sueño.

- No me diga eso, señor, no rompa mi ilusión de ser feliz. Esto no puede ser mi mundo. Esto es una pesadilla. Sí, eso es, una pesadilla...

Caían sus lágrimas sobre sus enrojecidas mejillas, y él las secaba con su pañuelo de cuello.

- No Churita, no. No es tu pesadilla. Acá está tu mundo, sólo que queda en lo alto de la montaña. Recordá las palabras de tu abuelo... “Mientras alguien conserve una semilla, el bosque es posible...”Quedaste entre los que creyeron que tu abuelo estaba loco, y eso, Churita, es lo que nunca debés permitir. Te contaré mi historia... Cuando yo era niño los ojos de mi abuelo ya habían perdido la luz del sol. Aun así, un día tomó mi mano y me llevó a la cima de la montaña, se paró con el rostro frente al viento y me dijo: “Dentro de pocas lunas yo ya no estaré aquí, por eso que te traje a este lugar. Quiero que aprendas a sentir el viento en tu rostro, que puedas oír el ruido del agua en la cascada, que grabes en tu retina el imponente paisaje que tenés ante tus ojos y que yo puedo ver aun con mi ceguera, porque está dentro de mí, porque formo parte de él. Todo esto lo creó Dios para vos. Después de El estás vos, pero ese lugar debés merecerlo rindiendo tributo a lo creado por Dios. No atiendas a la “razón”, que confunde al más sabio y reconforta a los ignorantes. Dios habla a través de la Fe. Nunca dejes de soñar con un mundo feliz, y cuando  sientas confusión recuerda este momento y siente al Creador. A El vamos siempre. Te guiarán tus ancestros, porque ellos están en vos”...  Mañana por la mañana iremos a Pueblo Corral.

- No, mi marido me tiene prohibido ir allá.

- Claro, perdón...

- Vamos ahora..

- ¿Ahora?

- Sí, ahora, si su abuelo ciego pudo llevar un niño a la cima, Usted puede llevarme a mí, ¿no?.

 El tomó su mochila. Miraron a ambos lados del húmedo pasillo y silenciosamente partieron hacia la gran montaña.

Pasaron los troncos que ocultaban el cartel de entrada del antiguo pueblo y  se borró  el camino. Sólo quedaba abrirse paso entre la maleza; las piedras flojas dificultaban el ascenso, y luego de una hora se dieron cuenta de que estaban perdidos y no había rastros del pueblo. El se detuvo, la tomó con ambas manos y le dijo:

- No podemos seguir así, caminando sin rumbo, corremos el riesgo de caer a un barranco.

- Es que nunca subí, no conozco el camino.

El sacó de su mochila una manta tejida y la colocó en el suelo. Acuclillándose puso las palmas de sus manos sobre la tela y le pidió a ella que hiciera lo mismo, repitiendo a modo de ritual, como una letanía armónica y rítmica: “No atiendas a la razón, que confunde al más sabio y reconforta a los ignorantes. Dios habla a través de la Fe. Nunca dejes de soñar con un mundo feliz, y cuando sientas confusión recuerda que todos tus ancestros estarán en ti”.

A un tiempo ambos se pusieron de pie y empezaron a caminar. A pocos metros encontraron un sendero y transitaron por él hasta que, frente a sus ojos, iluminadas por la luna, pudieron ver las ruinas de Pueblo Corral. El buscó un lugar apropiado donde encender un fuego, el frío era intenso. Ella recorría el lugar que nunca había visitado, pero que su memoria reconocía por los relatos.

- Viajero –gritó – venga a mirar esto.

El caminó hacia ella y vio que en sus manos tenía una caja,  más bien un paquete prolijamente envuelto y atado con una cinta Argentina. En el papel se podía leer “Cartas para un Heredero”. Le pedió a él que lo abriese, pero se negó con la cabeza, la que bajó sin emitir palabra, queriendo decirle con ese gesto que ella era la destinataria del mensaje.

Churita desató la cinta con sumo cuidado y temor.

Queridos Herederos:

Debido a los acontecimientos acaecidos, sabiendo de que por vuestras venas corre nuestra sangre y la de nuestros ancestros; que somos del mismo linaje y del mismo espíritu, y que tenemos los mismos principios de Libertad y Justicia, hemos decidido escribir este Bando, del que se harán siete copias de un mismo tenor, las que serán distribuidas por distintos lugares de nuestro Territorio con el propósito de que actúen como  Raíz del Árbol que soñaron nuestros ancestros; para que sus Frutos sean el alimento en tiempos de escasez, económica o moral; para los que se hayan confundido de tal manera que no puedan vislumbrar con claridad el rumbo de su destino puedan ver que este sólo será posible si conservamos encendido el fogón de la Libertad y de la Justicia.

No teman que este Bando caiga en diferentes manos, ya que sólo a los “Elegidos” les será permitida su comprensión, porque únicamente en su sangre están los verdaderos principios de Libertad y Justicia.

La Fuerza de sus ancestros los guiará. ¡Esto, no lo duden!.

Cuando pronunciamos la palabra "Gaucho" conjugamos hombre-sociedad, haciendo referencia a una cultura no nueva, pero sí novedosa, ingeniosa y creativa, de acontecimientos epopéyicos basados en principios éticos y morales. Sus principios básicos están intactos a pesar del transcurso del tiempo y de los mecanismos de destrucción sistemática del que han sido victimas.

Cuando se pretende modificar el rumbo cultural de un pueblo, es necesario descifrar los códigos de su sociedad con el propósito de ejercer influencia sobre ella. Pero no pudieron lograrlo con nosotros debido a que nuestros “códigos sociales” se basan en no permitir la ingerencia, heredado esto del aborigen y de la estirpe heráldica europea. Estos “códigos” van creando anticuerpos ante el agente exógeno que pretende modificar sus principios de Libertad y Justicia, conceptos que se mantienen  intactos en nuestra  memoria colectiva.

No pretendemos imperar, sí integrar. Ninguna corriente imperativa tiene principios de Libertad. Sólo existe lo que es libre. Lo que no lo es, sólo es parte de. La rama de un árbol, por muy frondosa que sea, es la rama de tal o cual árbol. Sólo cuando tiene Raíz es un Árbol.

La vigencia de nuestra  propuesta se puede entender debido a que su espíritu no fue “fabricado” por intereses individuales, como la mayoría de las “grandes culturas”, sino que fue una metodología de supervivencia genuina.

Las comunidades culturales que perduran naturalmente, sin “sostenimientos forzados”, son aquéllas que supieron expresar en sus Constituciones el carácter de su gente, implícita o explícitamente. Y son de duración limitada las que las“importaron”, por lo que terminan siendo apenas un papel escrito, con leyes que, más que organizar, someten. El auténtico “espíritu constitucional” refleja el “espíritu del grupo”.