LOS NEUGAUCHOS
“Eramos varios pueblos, teníamos distintas formas de ver las cosas, pero de una misma cultura. El amor por la tierra y el orgullo de pertenecer a ella y de ser concientes que cada molécula de nuestro cuerpo esta nutrida por la tierra del lugar en que nacimos por intermedio de los alimentos que consumimos, aunque, por esas cosas que tienen todas las comunidades, hasta las de hoy día, nos encontrábamos en diferentes estadios de desarrollo. Teníamos a Viracocha (Dios) el creador, Inti con su calor le daba vida a todos nuestros alimentos por tal y como así, a nosotros mismos. No conocíamos la desnutrición, él nos lo proveía todo, sabíamos muy bien que el poder divino lo tenía él, jamás tuvimos que quemar a nadie en la hoguera por creer que tuviese poderes sobrehumanos, ni lo hicimos con ellos, aún cuando los vimos sacar fuego de sus manos y observar aterrados como nuestros hermanos que estaban distantes, caían muertos.
Habían
pasado muchos años desde que aquel nativo cuyo nombre no recuerdo, descubrió a los españoles, si,
de casualidad, así como Alejandro Fleming descubrió la penicilina, y hoy
emulando a Florey trato de pasarla a estado puro, con el fin de curar viejas
heridas. En esos años los distintos intereses usurpadores se disputaban nuestras
tierras, ante nuestra mirada atónita. Sin tenernos en cuentas. Fueron formando
nuevas ciudades, con amplias casas. Donde albergaban, parientes, esclavos y
sirvientes, formado estos últimos por hermanos que se dejaban deslumbrar por lo
nuevo, lo distinto, aceptando para ello pertenecer a un status social inferior.
Ellos nos contaron allá por el siglo XVI que los blancos, con el tiempo fueron
realizando reuniones y practicaban en ellas danzas tales como minués y valses,
no sabíamos por aquellos días a que dioses se las dedicaban,
pero suponíamos que era a un dios que les proveía de nuestros metales los que
ellos cambiaban a sus mercaderes, quienes les proveían de todo aquello que no
podían producir, como velas, agua etc.
También existían otros acontecimientos llamado Corpus Christi y Semana Santa, para los que se congregaban en espacios grandes como los que nosotros utilizábamos para celebrar el Nguillatum, al cual acudían de todas las casas.
Recuerdo como si fuese hoy a un hermano relatando la tarde que presenció los sacrificios que le demandaban sus dioses. Los mas extraños eran unos rituales con toros, en los cuales descargaban toda su ira clavándoles una especie de flechas, con el fin de debilitarlo para terminar clavándole una espada en el corazón. Suponemos que era en honor al dios de la fertilidad ya que muchas veces, ya muerto, le cortaban los genitales y se lo ofrendaban a una mujer. Como nunca los comían suponíamos que eran parte de una liturgia, muy concurrido por cierto, euforizando a la concurrencia a extremos inexplicables.
Se organizaron rígidamente de acuerdo al orden jerárquico de su lugar de origen, y destacaron una cruel división entre conquistadores y conquistados, amos y siervos. Nunca entendí porqué nosotros ocupamos el segundo lugar, desde el principio, jamás formamos parte de sus planes, a pesar de que les abrimos las puertas, tanto de nuestro continente como de nuestro corazón, brindándoles alimento y hospitalidad, tal vez por eso que ellos suponían, que no teníamos alma.
Nuestros caciques fueron quienes se llevaron la peor parte frente a la discriminación, ya que eran jerárquicamente pares a los reyes europeos.
Tras largas reuniones nuestros Caciques ordenaron reaccionar. Recuerdo la mañana de un invierno muy crudo cuando con las primeras luces atacamos un fortín, luego de varias horas de encarnecido combate desbastamos todo el lugar, y como era costumbre se realizó el reconocimiento, con el fin de apoderarnos de las pertenencias del derrotado. Aún recuerdo los ojos de aquel rubio joven, no parpadeaba, su mirada estaba como clavada en el cielo, por tal motivo, los que pasaron antes que yo, lo habían dado por muerto. Me detuve tan solo por la expresión horrorosa de su mirada pero noté que en su pecho, el corazón parecía explotar. Lo toqué suavemente con mi lanza y noté que no pretendía fingir estar muerto, su estado era de pánico. Descendí del caballo y noté que su puño estaba extremadamente cerrado y apretado contra su pecho. Con el fin de ver qué atesoraba, lo forcé a abrirlo y descubrí dos maderas cruzadas con un hombre tallado por sobre ellas. No sé que cosa extraña pasó por mi mente, pero lo consideré distinto. Por tal motivo, retiré lentamente el cuchillo que había apoyado sobre su garganta, por si intentaba atacarme mientras lo revisaba.
Fue
extraño, había visto matar y morir, pero siempre con el rostro manifestando el
odio. Pero este rostro no era igual, era de piedad, de súplica como la de
nuestras mujeres, frente a la fiebre extranjera en nuestros hijos. Aferrándose a
no sé que dios. Pero si estaba seguro, de que su fe en “él”, no era común, sólo
un ser extremadamente sensible podría sentirla y eso para mi lo hacía diferente.
Lo cargué sobre la grupa y lo llevé a la toldería, las jovencitas lo cuidaron
con mucho agrado, motivadas por la curiosidad que caracteriza a las hembras
jóvenes.
Los días pasaron y el joven se recuperó, cuando lo trajeron frente a mi aún conservaba el tallado en madera que tenia en su puño, pero esta vez colgando de su cuello como un collar, el que tocaba sistemáticamente cada vez que yo levantaba el tono de voz. En tal ocasión su rostro no era de agradecimiento, pero tampoco me miraba como su cazador. Nos costó mucho tiempo establecer el mínimo dialogo, constituido de señas, exclamaciones y gestos con manos y rostros. Esto despertó en ambos la necesidad de enseñarnos mutuamente nuestros respectivos idiomas. Con el fin de la primavera, ya entrado el caluroso verano, nuestro manejo idiomático nos permitió explicar el ritual del toro, que sólo se trataba de un juego, un pasatiempo, la risa de ambos fue insostenible cuando le di mi interpretación de “rito a la fertilidad”, nuestra conversación continuó con una serie de aclaraciones con respecto a nuestras culturas y sus creencias eran tan graciosas como la mía respecto del toro. Es increíble como la falta de conocimientos de otra cultura, genera confusiones que sumadas a las mentiras intencionales, con el fin de justificar atrocidades, terminan poniendo un manto a cosas que distan mucho de ser salvajes.
Ambos explicábamos los motivos de los actos fundamentados por nuestras creencias y nuestras necesidades, él me habló de que su gente era ni más ni menos que el producto del Renacimiento, corriente cultural que había formado hombres capaces de hacer grandes sacrificios, individualistas guiados por su ambición de riquezas, alimentaban su ego incrementando falsamente su linaje, y fue entonces cuando por primera vez habló de la talla que colgaba de su collar “Lo olvidaron, lo olvidaron...”. Repetía una y otra vez, mientras besaba lo que denominó “El Madero”
También me explicó que lo que para nosotros era materia prima para nuestras artes con las que venerábamos a nuestros dioses, para ellos, en su sistema, se denominaba oro y que sólo era un elemento de cambio que les otorgaba, poder, brebaje y mujeres. Este tipo de usurpación ya la habían puesto en practica en sus largos años de lucha contra los Moros como así también en Italia, debido a la difícil situación económica, creyendo que esa sería la solución a su viciado sistema. El perfil de estos hombres, es bien conocido por nuestros reyes -dijo- y lo utilizan de motor propulsor para enrolarlos en sus empresas, ofreciéndoles parte del “motín”. Para ello se valen de documentos como el que Fernando el Católico, le pidiese al jurista Juan López de Palacios Rubios en 1512. Este documento le era leído a los “infieles” en su lengua, antes de iniciar un ataque contra ellos, denominado “Requerimiento” obligándolos a convertirse al cristianismo y aceptar la soberanía de sus reyes. Caso contrario, se les declaraba la guerra a la que ellos denominaban “justa" y a los sobrevivientes se los podía tomar como esclavos.-continuó diciendo- todo esto ocurría a pesar de las quejas demandadas por frailes como Antonio de Montesinos y Bartolomé de Las Casas, quienes no olvidaron el mandato divino e intentaron influir sobre la Corona de España para que se dictase una legislación prohibiendo la esclavitud de los aborígenes, sumado esto a las Leyes de Burgos, en 1512 en la que se establecían que el trabajo de los aborígenes era libre.
Claro –dije- aunque en la
práctica esto nunca se respetó, ellos siempre procuraron reunirnos en
reducciones, permitiéndonos administrarnos a través de un Cacique, quien tendría
decisión dentro de la reservación y no fuera. Ese territorio, o sea el resto del
continente lo administrarían ellos.
Mientras tanto yo pensaba como hubiesen actuado ellos, de ser nosotros lo que impusiésemos nuestra cultura, y fuésemos despojándolos, lenta y sistemáticamente de Madrid, Toledo o Pontevedra y los hubiésemos reducido en “campos de concentración”
Con el propósito ambicioso de conquistar nuevas tierras creaban fortificaciones en las pampas en medio de la nada, con un clima totalmente hostil al amparo de la milicia, formada por gente marginada por su ley, confinada a esas latitudes, con pocas provisiones como, licor y muy pocas municiones. Con mujeres blancas, nativas y mestizas a las que utilizaban para tareas serviles, en el mejor de los casos, ya que al ser forzadas a ejercer la prostitución y quedar embarazadas, se convertirían en una carga, debido a que la prole dificultaría el desenvolvimiento del fortín. Por lo tanto se las sometía al aborto, en el que muchas perdían la vida, por mala praxis o debido a la hemorragia agravada por la desnutrición. Es por ello que cuando atacábamos, habrían las puertas al malón y corrían a campo abierto a fin de ser capturadas por los aborígenes, con los que tendrían mejor destino ya que eran utilizadas como vientres de remplazó por las aborígenes muertas por los blancos, o para proporcionar leche materna, ya que las nativas sufrían amputación de pechos a mano de los milicianos, quienes ejercían estas practicas con clara intención de exterminio de la raza. Por este motivo la tribu ofrecía a las fortineras, tratos humanitarios, ya que con su vientre y sus pechos contribuían a la supervivencia del Pueblo Americano.
Los colonos no fueron ni más ni menos que forjadores de riquezas de otros españoles que jamás conocieron estas tierras. El sistema económico mercantilista aplicado por España, privilegió la exportación y como era de suponer, pusieron límites a la importación. Los llamados colonos no prosperaron mas que los nativos, fueron finalmente usados tanto como el aborigen, ya que toda las riquezas se exportaban al viejo continente.
Dos razas de las cuales no podría suponerse que una fuese mas bárbara que la otra; el encuentro de hombres con culturas totalmente distintas, provocó miedo en ambos y actuaron como cualquier animal que se siente amenazado. Pero ahí en el medio, entre las reservaciones y los fortines, entre aborígenes y colonos, entre dos razas que combatieron a muerte por casi cuatrocientos años, la Tierra Madre fue pariendo una raza de hombres con la sagacidad de uno y la fortaleza del otro.
El Gaucho, interlocutor válido por excelencia, tuvo por mandato decir basta a la barbarie y lo hizo en la única forma que sabía, combatiendo a todo aquel que pretendía imponerle supremacía, y por eso fue resistido por ambos ya que ninguno comprendía que su tiempo había pasado, por lo tanto fue perseguido por aborígenes y españoles.
Esto lo obligó a desarrollar su propia cultura, incluyendo costumbre y ornamentos de ambos, manifestándolo tanto en su vestimenta, como con su símbolos.
El caballo, elemento de guerra del conquistador, había sido con el tiempo adoptado por los aborígenes, dando estos últimos muestra de ser jinetes excelentes. Esto se constituyó en el legado que transmitieron al Gaucho. Su documento fue la palabra que respetó aún frente a la muerte.
Nuevas comunidades extranjeras, de muy variadas regiones, se iban incorporando y enriquecían la cultura Gaucha.
Las órdenes religiosas, se encargaban de las escuelas primarias, como así también existían municipales, las que estaban creadas y mantenidas por los Cabildos.
Por aquellos días, los Borbones ejercían soberanía sobre estas tierras, razón por la cual las cintas celeste y blancas abundaban en los comercios afines. Durante la gesta patria, los Patriotas, tuvimos la necesidad de identificarnos de alguna manera y esas cintas, cumplieron esa función. El Doctor Manuel Belgrano, entonces secretario del Real Consulado, quien proponía una Monarquía Inca, con el tiempo, le incluyó a los colores celeste y blanco, el Sol “símbolo Incaico” legándonos así, nuestro Pabellón Nacional. La mayor muestra, de la unión de nuestros ancestros.
Así entre sangre y leyes,
entre fusiles y tacuaras, entre amores y desamores, esta raza nació en una
época, en que lo mas parecido al amor era la violación, tanto a la mujer
aborigen, blanca o mestiza, porque para el abuso no existía discriminación, sólo
la muerte daba paz, pero el Gaucho, luchó por los valores morales, aquellos que
sus abuelos habían perdido y los defendió a boleadora, lanza y facón. Creando
una identidad única con fuertes raíces y dotada de una sólida personalidad.
Recuerden que Ustedes son los legítimos herederos de estas tierras y de su cultura. Tienen el derecho de conocer, preservar y difundir y la responsabilidad de una justa administración y distribución de sus frutos. No se dejen engañar por el paso del tiempo, él nos hace creer que pasa, pero miren el sol quien como un gran péndulo lo va marcando, él vuelve a repetir su ciclo sistemáticamente, No por que haya pasado el tiempo debemos olvidar, el Holocausto, Hiroshima o a los Beatles.
“Vayan bajo el sauce, que junto a su tronco los nuestros enterraron el bando, ese por el cual nunca preguntaron ya que siempre creyeron que pertenecían a ellos, en él encontrarán como deben actuar los suyos, ese preciso día sabrán claramente tras lo sucedido, que no existe otro camino posible"
No permitan que el miedo los aborde, si no temen serán mansos, no hagan nada que asuste a los demás y nadie les temerá y serán mansos, y no acapararán por temor a mañana no tener, si nadie les teme a ustedes, no estarán en riesgo y por ello no temerán, y sin temor no serán riesgo para nadie y por tal nadie estará en riesgo.
Quien ordenó dejar el bando bajo el sauce se presentará ante Ustedes, y entonces él, les dirá lo que hoy no se me permite decirles, no midan con la medida que hoy conocen como día y noche el tiempo en que llegará lo escrito, pues no es así como se mide en realidad, ya que el espíritu no evoluciona con el transcurso de lo que conocen por tiempo, sino que lo hace a través de los hechos que vive, los cuales van indefectiblemente modificando su esencia.
Comiencen a prepararse para entonces, ya que no saben cuando será entonces, sean sumisos, pero firmes en sus convicciones, el espíritu de su cultura les llegó por providencia, pero para verla deben desprenderse de promiscuos mensajes, no será fácil, comiencen haciendo como los árboles, nútranse de su raíces”
Así, por lo heredado, en honor a ellos y por el bien común, nacimos Los Neogauchos.